BOTSWANA 2010
Un día de octubre, en el coloquio posterior a la presentación de un libro de viajes en Altäir, comentaron el escrito por Xavier Moret sobre su viaje en busca de los más espectaculares baobabs de África. Me apasionan desde siempre los baobabs y ese libro despertó en mí unas ganas irrefrenables de abrazarme a unos cuantos de esos inmensos y especiales árboles.
“El viaje empieza en el mismo momento en que piensas en él”… así que, hilvanando los lugares míticos que me gustaría ir, trazamos el camino tras las huellas de Xavier Moret… Un camino en parte inspirado en su libro “a la sombra del baobab”.
También deseo adentrarme en el Kalahari… dormir bajo las estrellas del hemisferio sur y escuchar el silencio.
Iniciamos nuestro recorrido por Botswana en Maun, donde alquilamos un 4×4 Land Rover Defender y cargados a tope de comestibles, agua y combustible partimos hacia el Kalahari, uno de mis sueños. Después de haber leído “el mundo perdido del Kalahari” y “el corazón del cazador” de Laurens Van der Post, no podía dejar de sentir una inmensa emoción…
Un Kalahari sorprendente me esperaba… no lo había imaginado para nada como se presentaba. Soñaba con un vasto territorio de piedra y arena, semejante al que conocí en la parte norte del Namib, y sin embargo lo que veía estaba lleno de vida; de una manera especial, pero vibrante y colorido.
Entramos a la Reserva del Kalahari Central por la puerta de Matswere y pusimos rumbo al Valle de la Decepción. En seguida empezamos a ver orix, avestruces, impalas, stembacks, ñus, kudus, etc. pero lo que más me impresionó fue, que no parecía un “desierto”; había vegetación por todos lados. Matojos, hierbas de todas clases y colores adornaban el paisaje. Mis compañeros, que conocían la zona, decían que nunca lo habían visto con tanta vegetación…
Cruzamos todo el Valle de la Decepción (llamado así porque pensaban que por allí había un río y… no, no había nada… una gran decepción, claro!!!) rumbo a nuestro campsite CKDEC-05. No había nadie a la vista; en kilómetros a la redonda no se veía a nadie, en eso sí parecía un desierto!!
El primer día de acampada resultó un poco complicado, pues hasta que se dominan todos los mecanismos y enseres de que disponíamos se tarda un poco, pero la organización de cometidos fue fantástica y cada uno sabía que debía hacer.
En cuanto amaneció plegamos nuestras tiendas y nos dirigimos a Deception Pan para enfocar la pista hacia Piper Pans, unos 100 km. más al sur. El concepto de Pan es algo muy curioso, pues son depresiones que se inundan con las lluvias y en época seca forman un paisaje realmente único y de variados colores según la composición de las sales que lo forman. Son también peligrosos en cuanto a que parece un terreno firme y sin darte cuenta te encuentras atrapado en su lecho de barro. Esto es lo que nos pasó en Deception Pan… seguíamos las roderas de un vehículo (que no sabíamos cuando había pasado) y de pronto plaffff!!, un barro negro y sumamente pegajoso nos engulló hasta media rueda. A pesar de nuestras maniobras con la reductora, tronquitos bajo las ruedas, etc. nos quedamos completamente bloqueados.
Era como si aquellas huellas formasen la pista de mi propio ser, perdido y a punto de extraviarse en la luz violácea de un desierto creado por mi propia mente.
Engullidos por el barro, una corriente de calma y fortaleza me invadió… todo consistía en estar dispuesta a aceptar lo que pasara, como si la vida hubiera dejado de ser un problema… todo estaba escrito en la arena del Kalahari…
Me sentía como una piedra en la superficie de la luna. Inerte, silenciosa y segura de que estaría tiempo en exposición…
Con buen ánimo, nos dispusimos a esperar “la salvación” por parte de algún viajero. Parecía improbable que pasara alguien en aquella inmensidad, pero no había otra solución… y después de unas cuatro horas, apareció en el horizonte un vehículo que acudió a nuestras señales de socorro. Suerte que llevaba un magnífico winche y el héroe, un simpático angoleño, nos sacó del fango… nunca mejor dicho!!!
Muy contentos reanudamos el camino… el paisaje seguía siendo sorprendente. De pronto era un mar de brotes verdes y tiernos y en unos kilómetros se transformaba en una llanura de hierba dorada mecida por una suave brisa. Más adelante inmensos campos de tomillo dulce, con sus preciosas flores blancas, lo cubrían todo; un Kalahari cambiante, inmenso y solitario.
Por supuesto, veíamos animales, aunque en determinados lugares y a causa de tanta vegetación, no era fácil el avistamiento. Vimos dos chacales de espalda plateada preciosos y también un caracal!, muy difícil de ver. El tejón de la miel cruzó la pista delante nuestro y el zorro de orejas de murciélago se escondió veloz a nuestro paso. Las mangostas, siempre alerta, nos saludaron desde su atalaya mientras los orix seguían comiendo muy tranquilos.
Como llegamos a muy buena hora a Piper Pans decidimos seguir ruta hasta Xade, la puerta sur, donde acampamos… desde nuestro rescate no nos habíamos cruzado con nadie mas. La soledad era la única compañera y desde luego, el mapa no es el territorio…
El campsite de Xade está a más de 200 Km. de la puerta norte y casi nadie llega tan al sur. Montamos el campamento y nos dispusimos a disfrutar de esa soledad compartida.
Era impresionante la noche. Una cúpula de estrellas nos rodeaba; desde el este al oeste, desde el norte al sur y hasta la línea del horizonte estaba tachonado de estrellas. La Vía Láctea se veía en todo su esplendor, la constelación de la Cruz del Sur brillaba magnífica y no podías dejar de mirarla… sentías que estabas rodeada de luz aún en medio de la oscuridad.
Asomada a ese abismo, inmersa en la oscuridad, con el corazón aparentemente vacío, comprendí… era como una gota de agua transparente en medio de la nada y el silencio de todos los mundos dejaba una profunda huella de melancolía en la arena…. Estaba sólo yo, mi alma y la oscuridad. Instantes mágicos en la noche africana…
En esos momentos, clamaba volar hacia la inconsciencia y habitar esos grandes espacios sin sombra… anhelaba la capacidad de sentir los sentimientos y el apasionamiento inconmensurable de formar parte de un todo… sin embargo, estaba pegada al horizonte, atada a la tierra con correas de silencio arrastrando trozos de días de luz deshilachada.
Los latidos del gastado corazón invadían mi noche… Todo se iba borrando, todo pasaba a ser sombra y vacío…
La noche, quemadura sin fuego, sin humo, se cerraba, se apagaba…
A las 5h. ya todos en pie y aunque aún no había amanecido, nos dispusimos a tomar el frugal desayuno y levantar el campamento. Nos esperaba un buen trayecto hasta Molapo, unos 120 Km de pista bastante mala, pero nunca imaginamos lo “mala” que podía llegar a ser… había momentos en que se perdía completamente y no sabíamos si estábamos en la pista o fuera de ella, con el peligro de desviarnos y acabar perdidos, como así fue… acabamos yendo de una posible pista a otra, hasta que dimos con una que parecía nos llevaba a un pequeño poblado perdido en medio de aquel inmenso territorio. Resultó ser un asentamiento de bosquimanos, que el gobierno había relegado a tan inhóspito lugar. Los bosquimanos que allí encontramos, no tenían nada que ver con los que descritos por Laurens Van der Post en sus relatos escritos en 1958 describiendo a esta etnia que aun vivía como sus ancestros nómadas de la caza y lo que obtenían de la tierra sin cultivar.
Seguimos las indicaciones de quien parecía el jefe, pero al cabo de 10 minutos, aparecimos en el mismo lugar sin encontrar la pista que nos llevara a Molapo… finalmente “el jefe” se brindó a acompañarnos para mostrarnos la ruta correcta, así que se subió muy contento en el coche y nos guió hasta lo que parecía una pista mas o menos definida. Nos despedimos con muestras de agradecimiento y una buena propina.
Sinceramente creo que el buen hombre nos indicó “una pista”, pero era realmente horrible y cuando llegamos a Molapo, estaba prácticamente desmantelado. Lo poco que hay en los campsite (un árbol, un círculo para hacer el fuego y una pequeña empalizada con un wc), ahí estaba arrasado, así que pensamos que lo mejor era llegar a la salida del parque por el norte y hacer noche en el campsite de la Gate. Nos esperaban mas de 130 km. según el mapa…
El trayecto fue durísimo, pues perdíamos la pista y la vegetación cerraba completamente el camino y las ramas golpeaban continuamente el coche, hasta el punto que temíamos que se rompiera el parabrisas. Nos acordábamos del “jefe” y pensábamos si no nos había indicado una antigua pista ya en desuso, pues por allí seguro que no había pasado nadie en años!!!… además no había ni un animal que hiciera el camino mas emocionante… sin embargo conseguimos ver unas Welwitschia. Plantas endémicas del desierto del Namib y que pueden vivir hasta 2.000 años. Las descubrió el Dr. Friedrich Welwitsch en 1860 y son una auténtica rareza. Qué suerte haberlas visto!!! algo bueno tuvo la experiencia…
En fin, un duro trayecto pero muy real, así que había que aceptar la situación y cruzar los dedos para no tener ningún percance por allí, pues seguro que no encontraríamos a ningún “rescatador”.
Finalmente conseguimos llegar a Matswere Gate, nos pareció todo maravilloso y nos dispusimos a descansar después de cruzar el Kalahari de sur a norte y recorrer casi 300 Km por esas pistas fantasmas.
Después de un día de avituallamiento en Maun, reanudamos nuestro camino hacia el norte, hacia Moremi Game Reserve.
No fue fácil, pues por las abundantes lluvias del año, habían muchas pistan completamente inundadas e impracticables. Tuvimos que dar un rodeo de mas de 70 km. para alcanzar la Gate. Entramos por la south Gate Maqwee y nos dirigimos hacia el campsite de Xakanaka, donde comimos alguna cosa y tuve la oportunidad de abrazarme a unos magníficos jackal-berry, árboles con un tronco estriado y enorme. Siempre que pronunciaban ese nombre, Xakanaka, me parecía que sonaba japonés… que tontería!!!.
En Moremi la fauna era impresionante, cebras, jirafas, leones, cientos de impalas, campaban a sus anchas por un territorio con abundante agua, pues este año había llovido muchísimo y no tenían que hacer grandes esfuerzos para encontrarla. Sin embargo, esto dificultaba el avistamiento, pues los animales ya no tenían que ir a los water holes a beber y estaban muy dispersos, pero eso también lo hacía mas emocionante.
Debíamos encontrar la pista que nos llevara al Tercer Puente (era como lo del Tercer hombre, pero en africano…). Nuestro campsite estaba allí, así que debíamos llegar antes de que anocheciera. No conseguíamos acertar la pista, pues continuamente nos encontrábamos con el terreno inundado y no sabíamos si conseguiríamos pasar. Finalmente unos jóvenes con un Toyota, nos indicaron que para llegar al Tercer Puente, debíamos atravesar una gran charca… el agua llegaba hasta la ventanilla, pero que no pasaba nada… eso decían. Se brindaron a abrir la marcha indicándonos por dónde se debía cruzar, y así conseguimos llegar sin problemas, bueno con algunos enseres completamente mojados, pero… que menos!!!
En las horas en las que caía la tarde, todo se silenciaba de pronto, como un preludio de lo que se avecinaba; la hora de cazar o ser cazado… instantes mágicos suspendidos en el aire.
Una suave brisa movía el momento y una fragancia inconfundible y única lo impregnaba todo.
El entorno era magnífico y ese olor… ese olor característico, era África, África en esencia. No podía dejar de reconocerlo, estaba impregnado en mi ser, hasta en mi última célula. Lo llevaba conmigo y cuando aparecía sensorialmente me sentía plenamente feliz. Era un aroma envolvente que lo llenaba todo y fijaba con su sello la verdad de África.
Ahhh!!! la visión del famoso Tercer Puente, me encantó!! Unos troncos horizontales cubiertos de agua y otros verticales a modo de barandilla… auténtico!! Lo atravesamos ya sin vacilar después de la experiencia anterior y conseguimos llegar al campsite antes que la noche.
Tuvimos suerte y gracias a unos “regalitos” previos, nos adjudicaron el campsite 7; el más bonito y más alejado de todos. Además logramos evitar, en cierta manera, los babuinos que colonizaban los otros lugares de acampada. Los babuinos pueden ser muy molestos, pues no tiene miedo al hombre y tratan de robar comida, incluso cuando la tienes en la mano.
La noche fue magnífica; la hoguera presidía el círculo y el espíritu del fuego danzaba al son de la música oculta en el viento. La noche suspiraba enhebrando silencios…
Una sola palabra cortaría el frágil fluido del silencio.
Estaba sola con mi alma frente a la hoguera encendida, clavé mis ojos en la negrura lejana, enroscando la mirada a través de la oscuridad, tratando de descifrar aquel misterio de las tierras africanas que irradiaba tanta pasión y tanto amor.
Esa hoguera me permitió penetrar en el gabinete secreto de la imaginación y ver a través del humo los sueños de una noche sin tiempo.
Mi alma se había despegado del cuerpo y flotaba entre llamas de luz brillante, en un océano de calma…
Transcurrió la noche con el sonido de las hienas cerca del campamento y un muro de posibilidades creando nuestro propio destino.
Contemplé el amanecer, abriendo los ojos y sumergiéndome en el universo paralelo que surgía de la tierra y retumba en la bóveda celeste y en mi corazón; era una presencia, un enigma, un latido; un momento único y siempre distinto.
Durante todo el día deambulamos por el parque viendo impalas, kudus, cebras y una magnífica manada de 8 leones jóvenes que cruzaron el Tercer Puente con mucha calma, así que nos dio tiempo a sacar unas buenas fotos. Un auténtico placer!
También tuvimos ocasión de rescatar a otro vehículo que se había quedado atrapado en el barro de una zona pantanosa. La solidaridad, en estas tierras, es vital para la supervivencia. Hoy por ti y mañana por mi; así se funciona en África.
Dos días de relax completo en el Lodge de Okuti, tuvieron la virtud de revitalizarnos… fantásticas camas king size, mosquiteras, duchas al aire libre, ventiladores y rooibos siempre que desearas, propiciaron el descanso y disfrute de otra manera de vivir la realidad africana.
Conocimos en profundidad la zona y buscamos, sin éxito, un leopardo. La verdad es que son muy difíciles de ver y esta vez no hubo suerte!!!.
Tuvimos la oportunidad de rescatar a un alemán que junto a su mujer viajaban muy despistados en un vehículo poco adecuado a las condiciones tan duras en que se encontraba el terreno este año excepcional. Se habían quedado atrapados en un banco de arena fina en un lugar poco transitado y oculto por la vegetación. Además, estaba oscureciendo y tener que dormir ahí era bastante peligroso. Schumacher, así le habíamos apodado, estaba realmente nervioso y preocupado; además no era muy hábil con el volante. El caso es que logramos sacarlo de allí y pudo reanudar su camino.
Desde Moremi debíamos salir por la North Gate hacia Savuti, pero nos dijeron que estaba todo inundado y no teníamos otra solución de dar un rodeo de mas de 90km. y salir por la South Gate. Así lo hicimos, pero no resultó nada fácil; las pista se entrecruzaban y las indicaciones africanas son bastante peculiares. Un ejemplo: un letrero con dos nombres, uno encima de otro… el de arriba con una flecha a la izquierda y el de abajo sin ninguna indicación. Parecía que se indicaba que los dos destinos estaban en la misma dirección… pues no!!! se supone que el que no tiene flecha está en la dirección contraria!!. Hasta que recordamos esta manera de interpretar las señales, nos costó unos cuantos kilómetros de más. En fin, eso forma parte del aprendizaje africano.
Ahora debíamos buscar la Gate de Mababe. Nos encontramos con grandes charcas que debíamos cruzar, pero llegamos a una inmensa que no había forma de evitar… dudamos mucho e incluso se planteó la posibilidad de retroceder y replantearnos el itinerario. Momentos de inevitable tensión. Buscamos alternativas, valoramos la situación, y en un arranque de valentía y decisión de nuestro compañero conductor, que por cierto, se llama Sergio, nos lanzamos a cruzar con la reductora funcionando… apenas respirábamos y con las cámaras fotográficas y los enseres personales en alto, conseguimos pasar. El agua llegaba hasta la ventanilla y se inundaron los bajos de vehículo, pero sin otra consecuencia. Menos mal!!, ya me veía en una avioneta hacia Kasane!
Fueron unos kilómetros muy complicados, pero lo peor no había llegado. En el campsite de Savuti no teníamos reserva y debíamos llegar a Linyanti, 70 Km. más al norte. La pista era tremenda; de pronto, grandes charcos y barro, luego bancos de arena muy fina que provocaban que el vehículo pareciera un barco. Continuamente debíamos buscar desvíos para evitar esos obstáculos y a veces nos costaba encontrar la pista de nuevo. Finalmente llegamos a nuestro campsite de Linyanti a la hora de crepúsculo, para no perder la costumbre, y pudimos disfrutar de una puesta de sol preciosa.
Buscamos afanosamente leña para la hoguera, sin alejarnos del campamento, pues habíamos visto muchos elefantes en la zona, y claro, no era cuestión de tropezarse con uno de esos impresionantes animales en la oscuridad. Esa noche hicimos un arroz especial al que bautizamos “arroz a la Linyanti”; estaba delicioso, no se si es por aquello de que cuando hay hambre todo sabe fantástico, pero la verdad es que cenamos muy a gusto rodeados de esos sonidos inconfundibles de los hipopótamos que teníamos a menos de 15 metros de nuestro campamento.
Fue una noche mágica; me apasiona oír los animales y no veía el momento de ir a dormir. El cielo estaba impresionante. Era como mirar una hoguera, no puedes apartar la vista.
Contrariamente a mis admirados Xavier Moret y Andoni Canela, que viajaron a finales de noviembre en la época mas seca, nosotros estábamos continuamente rodeados de agua. Dos visiones muy distintas de un territorio único y especial. Eso lo hacía muy interesante y provocaba en mi una percepción del momento íntima y profunda.
Linyanti me pareció fascinante; había muchos elefantes, hipopótamos a orillas del río, Kudus, impalas y cientos de pájaros preciosos. Pudimos disfrutar poco de esa zona, pues debíamos regresar por la misma pista hasta Savuti, donde si teníamos permiso de acampada para ese día. Dicen que cuando conoces las cosas no parecen tan difíciles, y debió ser eso, pues el viaje de vuelta se nos hizo mas llevadero. Llegamos a buena hora al campsite CV-1 de Savuti y montamos el campamento.
Nuestro compañeros, nada más comer algo, querían salir disparados a ver que encontraban en este nuevo territorio; zona especialmente conocida por la gran concentración de leones que hay. Sin embargo, nosotras necesitábamos unos momentos de calma y tranquilidad, así que a orillas del río Chobe nos dispusimos a observar y disfrutar del paisaje.
Tocando la tierra, sintiéndola bajo el cuerpo y debajo de un precioso árbol, conectabas con la naturaleza… se oía caminar la vida en todo. Un flujo silencioso permitía estudiar la nada, cruzar el río de lo imposible… era como moverse en un océano sin memoria pero de pronto llegó un soplo de viento y ese instante detenido en el tiempo desapareció.
Nos avisaron que habían localizado a una pareja de leones que estaban apareándose muy cerca de allí, así que nos dispusimos a ver tan interesante acontecimiento. Y si, los encontramos, pero ya no estaban por la tarea, mas bien estaban descansando muy tranquilos.
Seguimos nuestro safari por Savuti, pero de pronto sin saber muy bien porque, nos encontramos en una pista que se cerraba por momentos y se dirigía a la única colina que había en cientos de kilómetros a la redonda. Naturalmente la pista se acabó, pues no llevaba a ninguna parte y tuvimos que dar la vuelta en un terreno de sabana con hierbas mas altas que nuestro vehículo, con tan mala fortuna que el coche quedó trabado y un pequeño mopane, arrancó un cable dejando el vehículo completamente “out”. Ya eran las 16h. pronto oscurecía y aquella zona del parque quedaba bastante lejos de las rutas habituales. A pesar de nuestros esfuerzos por averiguar de dónde había saltado el importante cable rojo, nos quedamos bloqueados. Bueno, que se podía hacer?? subidos encima del coche y atisbando el horizonte nos dispusimos a pasar la noche. No se podía hacer fuego, pues soplaba viento y estábamos rodeados de alta hierba seca. Desbrozamos la zona, pues casi ni se podía abrir la puerta del coche, desplegamos las tiendas y con un poco de agua y galletas nos fuimos a dormir a las 20 horas… no se podía hacer otra cosa.
Por muy oscura que sea la noche, por la mañana siempre sale el sol… así que, con un poco mas de agua y galletas, nos dispusimos a esperar acontecimientos. El campamento estaba a 6 km. en línea recta, el problema era que había muchos leones y búfalos por la zona y el tener que caminar esa distancia era bastante peligroso.
Se decidió que cuando el sol estuviera bastante alto, y los leones hubieran cazado y estuvieran haciendo la digestión, Sergio saldría en busca de ayuda… así nos dieron las 10 de la mañana y cuando todo estaba dispuesto para esta expedición, apareció en el horizonte un coche, que acudió a nuestras señales de socorro. Les costó llegar a nuestra posición, pero lo consiguieron. Dos chicos jóvenes canadienses solucionaron el problema en 10 minutos… resultó ser un cable de la batería, comentario que se hizo en su momento, pero que no tuvo aceptación por parte del equipo masculino…
El caso es que logramos salir de allí sin mayores problemas, regresamos al campamento, donde habíamos dejado parte de nuestro equipo y nos dispusimos a recoger y seguir nuestro camino. Nos esperaban 164 km. hasta Ngoma y a partir de ahí unos 50 Km. más hasta Kasane, pero estos últimos por carretera de asfalto.
Estábamos ya en Chobe y los elefantes campaban a sus anchas, incluso a veces se paseaban y cruzaban la pista sin ningún temor y muy tranquilos.
A partir de Seriba, fuimos bordeando una depresión llamada Parakarunga que estaba totalmente inundada. Hacía más de 40 años que el agua no alcanzaba cuotas tan elevadas. El paisaje era realmente sorprendente y ya se empezaban a ver esplendidos baobabs diseminados por la zona. Que ilusión!!
Llegamos a Kasane; la segunda población mas importante de Botswana después de Gaborone. Por su cercanía a las cataratas Victoria es un centro turístico importante y allí llegan muchos turistas con la esperanza de ver a los Big Five en pocas horas y regresar en avioneta a sus lodges. Después de tantos días en solitario y viviendo la naturaleza en mágico silencio, nos pareció bastante aturdidor.
Decidimos hacer un pequeño crucero por el río Chobe, realmente fue muy bonito; vimos impalas, búfalos, hipopótamos, un águila pescadora, cebras y jirafas a lo lejos, cocodrilos en las orillas, muchos pájaros preciosos, un gran lagarto y una manada de elefantes que habían bajado a beber al río; una estampa magnífica. La puesta de sol sobre el Chobe fue espectacular. Aún rodeados de gente resultó de lo mas relajante.
Por fin se acercaba el momento de dirigirnos hacia el Parque Nacional de Nxai donde están los baobabs de Baines. En su momento me pareció buena idea acabar el viaje disfrutando de mis ansiados baobabs, pero por motivos ajenos a mi, resultó que sólo podíamos quedarnos 1 día en los Pans de esa zona. Fue un gran disgusto para mi, pues me hubiera gustado poder recorrer también el Makgadikgadi Pans, la isla de Kubu y acercarme al famoso baobab de Chapman y al de Green. Realmente no quedaban tan lejos de Gweta, pero un malentendido en las prioridades del itinerario frustraron la posibilidad. Recordaba a Xavier y Andoni paseándose sin prisa entre los baobabs y durmiendo bajo su sombra protectora con tranquilidad. Eso eché de menos en esta última fase del viaje. Tampoco pude ver la flor del baobab, tan efímera (sólo dura 24 horas) y tan bella, aunque esto era inevitable, por la época del año en que visitamos la zona.
Salimos de Kasane rumbo a Nata por la única carretera asfaltada de esa zona del país. Tras 140 km. nos desviamos al oeste hacia Gweta, para dirigirnos al Parque Nacional de Nxai Pan. Era curioso, porque aunque la carretera fuera asfaltada, había que estar muy atentos, pues a veces cruzaban elefantes que aparecían de la nada. También había que tener mucho cuidado con los burros que pacían y se paseaban por todas partes invadiendo la calzada sin ningún temor.
Comimos en un curioso campsite llamado “Planet baobab”; lo mejor fue poder pasear entre los grandes baobabs, abrazarlos y contemplar sus frutos que aún colgaban de sus ramas. Cada árbol es único y estos, aun no siendo gigantescos, tenían su fuerza y belleza para regalar a quien quisiera tomarla.
Nxai Pan; como ya era habitual, llegamos a los baobabs de Baines a las puertas del ocaso…
Una luz mágica y dorada fluía entre los árboles anhelando sombras. Una luz que no sabía que era luz, un sueño envolvente, un murmullo en la copa de los árboles prometiendo una especie de silencio, una nube de deseo que necesitaba descubrir cual era la esencia de la naturaleza arbórea, un trocito de inmensidad entre esos llanos, entre esos desiertos…
Se derramaba la luz creando formas iluminadas que reflejaban la vida, un silencio que abría espacios de conocimiento e invitaba a quedarse en un sueño, en un deseo.
Se abrían los ojos a la energía de lo intemporal, territorio sin senderos, donde desaparecían para siempre las fantasías personales del agobio, como la oscuridad retrocedía a su propia nada ante la presencia de luz. Deseaba a cada instante abrazar la inmensidad del todo sin pensar en la tristeza de su vacío. Viví ese momento inefable que permanecerá para siempre en mí.
Debíamos buscar nuestro lugar de acampada, la belleza de la puesta de sol, nos había dejado sin palabras, sin embargo urgía encontrarlo pues la oscuridad era cada vez mayor. Finalmente dimos con él y resultó ser un campsite extraordinario. Tres magníficos baobabs presidían el lugar, así que tras saludarlos efusivamente, nos dispusimos a montar el campamento, encender el fuego y tomar nuestra frugal cena. También como era ya normal, teníamos que buscar leña para la hoguera, pues no teníamos ni una ramita seca para ello. Con los frontales puestos y sin alejarnos mucho del campamento, logramos reunir una buena cantidad de ramas y troncos de varios tamaños.
La noche era preciosa y la luna en cuarto menguante lucía extraordinaria. Un fenómeno del que nunca me había percatado con tanta claridad, fue el movimiento de la luna; apareció a unos 30 grados sobre la vertical y al cabo de unas horas estaba prácticamente sobre el horizonte… parecía que se “había caído”, una maravilla!!!
Esa noche no podía retirarme a la tienda; sabía que era mi única noche bajo los baobabs y sentía mi vida entre paréntesis, deseaba escuchar el idioma de las estrellas y perderme en ese vacío infinito e insondable de los días sin tiempo. Deseaba que esos instantes invisibles, escribieran sobre la arena, en un lenguaje sin palabras, la sombra de la soledad.
La noche albergaba el silencio de todos los mundos y se perdía irremisiblemente en el corazón silencioso de un baobab firme y solitario entre los susurros de la inmensidad.
Debía encontrar la manera de ascender desde la sombra, saltar por encima de esa valla llamada horizonte y trascender hacia la luz…
Decidí cerrar la noche, pero a las 5 de la madrugada, sentí que debía despedirme de los baobabs de una manera especial. Necesitaba la soledad y el silencio que permitían crear el vacío para poder integrarme completamente en ese mundo de inmensa ternura, profunda como el océano, serena y eterna como la paz infinita del espacio por encima de las breves tempestades de la Tierra…
Una cierta claridad, propiciada por la luna y los millones de estrellas, iluminaban la noche. Busqué un hueco entre las raíces del baobab elegido y con el pareo especial de las grandes ocasiones y una manta, pues hacía bastante frío, me dispuse a juntar todos los silencios a través de la tierra. Apoyada en el gran tronco del baobab, sentí como una especie de oleaje interior movía la energía de forma circular. Conexión íntima con el árbol; con su raíz y sus ramas, con la tierra, con el aire en movimiento que como un susurro esparcía los suspiros del mundo.
La hora, el silencio, la soledad expectante… la penumbra, todos los sufrimientos de la existencia se diluían en el tierno abrazo de unos brazos inmateriales. La profundidad de la vida se respiraba desde sus raíces. Las imágenes se derraman como agua por un dique agrietado, así pasó el tiempo…
El sol apareció de pronto por el horizonte, creando luces y sombras entre los expectantes baobabs que agradecían ese calor dorado del amanecer. Ese breve instante fue el momento para soñar sueños sublimes que plasmaban los más profundos anhelos. Engullida por la nada silenciosa, todo pasó y mi corazón sintió la nostalgia de las dulces horas al otro lado del océano del tiempo.
Las palabras, como huellas que encuentras en la arena al amanecer, me sacaron de mi ensueño. La realidad se imponía. Debíamos recoger y dirigirnos nuevamente a los baobabs de Baines para darles nuestro último abrazo. Thomas Baines los pintó en 1862, y parece ser, que apenas han cambiado desde entonces.
Esos baobabs son realmente espectaculares y no solo por su tamaño, sino por la manera en que están situados. Parece que estén conectados unos con otros a través de sus raíces y compartan la fuerza y la energía haciéndose mas fuertes y mas sabios.
Me abracé uno a uno a todos los boababs del conjunto; era como deslizarse por la superficie de la vida, en una atmósfera pura y seca… inmaterial certeza de lo sublime que encerraba algo anónimo e ignoto. Emoción sin límites que se rompió en añicos líquidos y una lágrima que aceptaba ser una diminuta cicatriz de agua se deslizó hasta esa arena de silencio y quietud.
La luz que se filtraba entre ellos era cambiante y mágica; una luz que iluminaba la oscuridad de los temores del mundo.
En un momento mágico, todos los baobabs se fundieron en una misma descomunal sombra; en un grueso tronco y las ramas de todos ellos formaron un único y gigantesco árbol. Yo deseaba encontrar el nombre de su sombra…
Los árboles son el esfuerzo infinito de la tierra por hablarle al cielo que escucha.
No pude cumplir con las indicaciones del misterioso personaje que encontraron Xavier y Andoni en su expedición que les dijo. “No os llevéis nada que no sean fotos, no dejéis nada que no sean vuestras huellas y no matéis nada, excepto el tiempo”. Yo me llevé el recuerdo imborrable de lo vivido bajo la sombra de los baobabs; una sensación de inmensa tranquilidad y la certeza de haber conocido la belleza en su esencia. Dejé parte de mi corazón enterrado entre las raíces de los baobabs y me deshice de todos aquellos pensamientos negativos que enturbiaban mi mente impidiendo, como la niebla gris y blanda, ver la última y verdadera realidad de la existencia.
La vuelta a Maun, fue silenciosa; cada uno asimilaba la experiencia a su manera. Ser comprendido, no juzgado, formaba parte de un acuerdo no escrito entre nosotros.
Es difícil aceptar el rigor de la simplicidad, la humildad de la entrega… todos trazamos nuestro camino, a veces entre oasis de sombras. La vida es como un puente suspendido en el vacío y a veces el horizonte se hace invisible entre la niebla, pero hay que abrir el corazón sin reservas a todas las señales del silencio creador; plenitud de aire que une al universo, interno y externo, que libera de lo vano y lo acerca a un goce de plenitud.
Todo eso aconteció en la expedición realizada entre el 4 y el 20 de mayo de 2010, junto a mis compañeros: Rosa, Igor y Sergio; amigos del alma, junto a los que he realizado numerosos, interesantes y siempre entrañables viajes.
Gracias a todos ellos por compartir conmigo estas vivencias que no deseo se diluyan en el olvido.
Cada viaje es para mi una experiencia de vida única e irrepetible.
En la inmensidad del Kalahari, en la soledad de los Pans, en la sombra de los baobabs, he experimentado la práctica de la atención plena. Cada situación, cada momento, lo he vivido de forma global; sin un antes o un después, sin un pensamiento predeterminado. Sin expectativas, sin recuerdos, sin esperanzas ni deseos, sin miedos ni dolor. Sólo el instante en toda su plenitud, como un todo y yo formaba parte de eso.
Una sensación de gran serenidad propiciada por una mente ausente que permitía a los pensamientos deslizarse suavemente como las nubes en el desierto.
La verdad del instante no suma horas.
Me sentía diminutamente prescindible y tranquila en medio de esa inmensidad. De esa manera, podía escuchar la música en el viento, podía ver la belleza en cada piedra, en cada árbol y sentir desde el corazón la esencia misma de la naturaleza en mi.
