Viajes a medida a Irlanda organizados por Tarannà

Experiencia viajera en Myanmar

Tras una noche tórrida, en la que el aire acondicionado dejó de funcionar sobre las dos de la madrugada, sudoroso y acalorado me desperté. Reconfortado apenas por una ducha de agua fría. Salí del hotel para refrescar mi cuerpo con la suave brisa del amanecer. En el lento deambular sin prisa por las negras arenas de la playa Sittwe, pisando con alegría los rizos del mar, mi mente comenzó a recordar los días precedentes, bellos, geniales, puros, inigualables en emociones. Así surgió la idea de plasmarlos y dar a conocer aspectos de este país tan desconocido llamado Myanmar.

Volviendo atrás, la idea del viaje nació al finalizar el de la India del Sur de la mano de nuestro amigo Cesar. Sus relatos como si de un capítulo de las mil y una noche se tratara, describiendo algo inimaginable, nos despertó la curiosidad y la inquietud por conocer algo tan lejano e impensable.

Se fue fraguando en nosotros la idea de “Objetivo Birmania” como si fuera el guión de una película. Tomó cuerpo en la noche de San Juan-97, cuando nos reunimos en torno a nuestro amigo Juan. Fue una noche mágica, con embrujo, fue la noche blanca. Una noche donde la amistad surgida de un viaje traspasó todas las fronteras. Decidimos ir a Birmania.

El tiempo pasó deprisa. Nos encontramos nuevamente en el aeropuerto. La emoción de vernos juntos perfumó el aire con el espíritu de la aventura. El largo viaje cedió al aterrizaje. Al pisar el nuevo país percibimos la amabilidad de sus gentes, que se vería enriquecida con nuevas emociones. Recuerdos difíciles de sintetizar y plasmar.

Impresionantes escenas en los mercados, llenos de arcoiris de frutas y verduras, guirnaldas de flores y un sinfín de aromas con fuertes contrastes, bellas ancianas surgidas entre las brumas de sus puros. Todo ello y más embrujaban nuestros sentidos.

La fascinación del lago Inle, un mundo dentro del mundo. La peculiar forma de remar de sus gentes, en equilibrio perfecto, como si de una prolongación de la barca se tratase. Técnicas ancestrales de pesca, no agresivas, impensables en nuestros tiempos.. Sus casas florecían como esbeltos juncos, con reflejos de oro en sus tranquilas aguas. Su ingenio en las huertas flotantes, desafiantes a la moderna ingeniería. Equilibrio en equilibrio.

El cruzar por un puente de madera, que suavemente te mece y que te conduce a la paz del alma, a sentir que el tiempo no tiene medida, que formas parte de un entorno virgen, de exuberante vegetación, de montañas nevadas de blancas y doradas cúpulas, enmarcando un lago lleno de pescadores estáticos, sumergidos en el agua con sus cañas al viento, esperando pacientes cosechar algún pez. Magníficos árboles nadando entre las aguas, reflejos de la armonía natural.

La llegada a Bargan por barco, sensación de sensaciones. Una vez en tierra, cuando fuimos a ver la puesta de sol sobre una pagoda subiendo los peldaños por su vientre oscuro, iluminados tenuemente por unas velas que portábamos en nuestras manos, todos en fila en un lento peregrinar. Antesala de una nueva vivencia. Al alcanzar la cima y salir al exterior, nuestros ojos sucumbieron  ante la belleza e incredulidad de la visión. Peraiaos sin saber que ver, que mirar, que fijar en la retina. La luz del atardecer bañaba una inmensa llanura verde, salpicada de armoniosas construcciones de ladrillo, algunas con estucos blancos, otras con cúpulas doradas, como bellos árboles petrificados por el paso del tiempo. Fantástica y apacible visión del bosque de pagodas que se transformaba ante la cambiante luz. Sensaciones olvidadas se despertaban en nuestro interior. Una vez más el tiempo perdió el pulso, se detuvo. Miles de cantos iniciaron el rito del atardecer. Una sinfonía de sonidos perdida en nuestra niñez recobraba vida.

En el deambular por este país que florecía día a día. En el camino de Sttwe a Mrauk-oo, a bordo de un viejo barco de madera con su lento navegar al ritmo de su tintineante motor, tuc, tuc… nos fuimos adentrando a lo largo del río y del día. La noche nos tendió su manto y, sobre él, el esplendor de miles y miles de estrellas, millones y millones. Jamás a lo largo de mi vida vi un espectáculo tan fascinante, tan maravilloso como ese. Embelesado por la belleza salvaje de la noche, por el aire cálido y húmedo, por el suave deslizar del barco, por las maniobras nocturnas dirigidas por tenues haces de luz que nacían de viejas linternas y que como esbeltas luciérnagas iluminaban las orillas del río.

Esquivando las pequeñas embarcaciones de pescadores que al acercarnos mecían y daban vida a sus faroles. La guinda, si cabe, surgió al oír unas melodiosas habaneras procedentes de la proa del barco, canturreadas por unas magníficas amigas de viaje.

La fiesta improvisada en la aldea de Thanlyin. Un generador despertó a todo un pueblo, iluminando nuevas expectativas de vida, nuevas ilusiones. El recibimiento fue cálido y generoso. El aire olía a rosas, la música marcaba el ritmo del día. Autoridades, discursos, comida, todo ello dio paso al cenit. La alegría desbordante de sus gentes, las danzas. El aire impregnado de fiesta permanecerá siempre en  nuestros corazones.

Todo lo anterior y mucho más me hizo descubrir que el ser humano existe, que la grandeza de la naturaleza aún es posible encontrarla virgen. Pero todo esto se queda pequeño al lado de algo tan simple y que puede parecer insignificante, pero para mí fue lo más grande de este país, la “SONRISA” de sus gentes, reflejo de la pureza y de la grandeza de sus corazones.

Viajar es siempre un comienzo para la vida. Conoce aquí todos nuestros viajes a Myanmar

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