Declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO, el Parque Nacional Torres del Paine representa uno de los puntos de máxima belleza en Chile. Hace 12 millones de años se produjo una intrusión de magma que ascendió entre capas de sedimentos y quedó solidificado en forma de torres de granito. Estos bloques verticales fueron empujados hacia arriba, mientras las glaciaciones socavaban los sedimentos que los rodeaban y dejaban a la vista toda su altura. Actualmente, entre la cordillera de los Andes y la estepa patagónica se levantan majestuosos bloques de piedra que muestran paredes de más de 1.500 metros de caída vertical. En esas paredes, colgado de un par de anillas, dormía Romy. Nos dijo que al amanecer los gigantes se tiñen literalmente de fuego, como si quisieran recordar por un momento su origen magmático. Y no resistimos la tentación de ir a verlo.
Una de las posibles formas de viajar es la conquista de los límites geográficos del planeta. Unos buscan los picos más altos, los faros más extremos de la Tierra o las ciudades más antiguas del mundo. Chile nos brindó el límite de la verticalidad. Miquel se presentó en casa y desplegó un mapa a cuatro cuerpos que le llegaba de la cabeza a los pies: 5.000 kilómetros de norte a sur y un máximo de 180 kilómetros de anchura fueron suficiente argumento para desempolvar nuestra vieja mochila. Tres meses por delante para recorrer un país que nace a medio continente sudamericano, mucho más debajo de lo que a menudo pensamos, a la altura de la punta sur de África, y que discurre hacia los hielos polares constantemente encajonado entre la cordillera de los Andes y las costas del Pacífico.
Los canales de la Patagonia Occidental
La propia atracción por los extremos fue llenando de simbolismo las diferentes etapas del viaje. En el recuerdo quedaba el tórrido desierto de Atacama, en el norte, y la atmósfera europea de Santiago de Chile, en el centro geográfico del país. Pero la llegada a Puerto Montt supuso un nuevo punto de inflexión en el viaje. Íbamos a zarpar a bordo del Puerto Edén con destino a Puerto Natales, desde donde se accede a las moles montañosas del Parque Nacional Torres del Paine, y la sensación de contraste fue la de arribar al finisterre chileno.
A partir de Puerto Montt, por debajo del paralelo 44º, Chile deja de ser continente propiamente dicho y se fragmenta en mil pedazos de tierra dispersos entre dedos de gélidas aguas. Emergen por todas partes crestas de la cordillera costera, que salpican el paisaje con sucesivos islotes surcados por un laberinto de estrechos canales. Sobre el mapa, Chile aparece desmembrado en forma de archipiélago: se trata, sin duda del mejor preámbulo antes de la visita a las Torres del Paine, ya que la carretera Austral que desde Puerto Montt intenta descender hacia el sur por la escasa franja de tierra se ve varias veces interrumpida por estrechos y canales que obligan a alternar los transbordadores con las difíciles condiciones de conducción, todo ello sin contar que la carretera todavía no ha conseguido traspasar las enormes paredes de hielo que se encuentra al paso, de forma que acaba siendo necesario saltar a Argentina para acceder al sur del país.
Tres días en compañía de delfines, focas y orcas
El ferry Puerto Edén de la compañía Navimag parte normalmente dos veces al mes, aunque depende de las condiciones climatológicas y del embarque de carga. De todas formas, vale la pena consultar fechas y horarios ya que últimamente se ha intensificado la demanda turística en la zona.
En la Terminal de Puerto Montt se encuentra un cartel ilustrativo de lo que encontraremos adelante: “Si sale el sol disfrútelo, en caso contrario, ya sabe: estamos en Patagonia”. Así nos adentramos por los canales y fiordos que conducían rumbo a Puerto Natales. Quedaban por delante tres días de navegación protagonizados por el silencio. Sólo el continuo silbido del viento envolvía aquella sucesión de majestuosas paredes precipitadas en vertical sobre el mar. Los delfines juguetean durante todo el trayecto con sus danzas paralelas al trasbordador, las focas aparecen y desaparecen en un abrir y cerrar de ojos, y algunas familias de orcas nos dejan boquiabiertos durante varios minutos.
Son horas y horas sobre cubierta, muchas veces desde el puesto de mando, impresionados por paredes de más de 1.000 metros de altura que encajonan varias veces nuestro itinerario. Sale el sol, llovizna, nieva y vuelve a salir el sol en un mismo día. La niebla se instala unos metros por encima de nosotros y parece que aquellas paredes se levantan hasta el cielo. Incluso, en varias ocasiones, la densidad de la niebla no deja ni ver el morro del ferry, y uno se aferra al mapa preguntándose si iremos acertando entre las estrechas vías de mar.
El canal Messier atraviesa la cordillera de los Andes, que aquí se desmiembra en miles de islas y conforma la cordillera Patagónica Insular, marcada por un clima realmente duro, con fuertes vientos que azotan desde el Pacífico y precipitaciones que superan los 4.000 mm. Anuales. En esta etapa del viaje el protagonista es el color, y durante seis horas disfrutamos de los bosques achaparrados de lengas, coihues, canelos y ñirres, mientras las aguas despliegan un verdadero festival de azules, muy variables debido a los deshielos glaciares del Campo del Hielo Sur.
Tras superar la Angostura Inglesa, cuya estrechez llega a acongojar, el barco recala en la Isla de Wellington, donde está ubicado Puerto Edén, un pequeño poblado de pescadores donde viven los últimos descendientes de los qawasqar o alacalufes, nómadas marinos que surcaban esta agua hasta el estrecho de Magallanes, alimentándose de la recolección y de la caza de aves marinas y otros animales. Puerto Edén fue creado en los años 30 por la Fuerza Aérea como base de amerizaje y apoyo de los hidroaviones que volaban desde Puerto Montt hasta Punta Arenas. Poco después, la dispersa población Qawascar se fue concentrando en Puerto Edén, y hoy la razón de ser de este poblado es conservar esta etnia en peligro de extinción. Las dimensiones del ferry no permiten llegar al puerto, así que aparece una manada de barquitas que se apresuran a descargar las mercancías y algunos pasajeros que aprovechan la única escala en el trayecto.
Al día siguiente dejamos el rumbo sur que hemos mantenido durante más de dos días y viramos a babor por el canal de Kirke. El capitán nos avisa por si queremos ver la maniobra. El barco se detiene frente a un paso de unos 30 metros de anchura y esperamos a que las algas de las rocas cambien de orientación. El detalle indica que se inicia la pleamar, el único momento en que es posible atravesar el paso, ya que con la marea más baja el trasbordador quedaría embarrancado en las rocas del fondo. Así se cruza la cordillera de los Andes para abrir paso a la estepa de la Patagonia, en contraste mucho más baja y plana. Poco a poco, atravesamos el golfo del almirante Montt y llegamos a Puerto Natales. La primera impresión, desde la altura del ferry, es que son cuatro casitas con poca historia que contar, pero más tarde descubrimos que estábamos equivocados.
El Parque Nacional Torres del Paine
Era nuestro punto de destino, así que cogimos un autobús público y llegamos a la Laguna Amarga hacia el mediodía. Los siete kilómetros que tuvimos que caminar hasta la Hostería de las Torres nos enseñaron que quizás es mejor un poco de hambre que doblegarse el espinazo con un excesivo cargamento de latas. De hecho, allí conocimos a dos escaladores de Santiago que habían venido a hacer la Torre Norte, y Romy andaba de la mano de una improvisada muleta precisamente por el sobrepeso en su mochila. Primero nos explicó la caída, cuando ya bajaban después de conquistada su meta en las alturas, y pronto formamos un grupo en que chilenos, suizos, brasileños y españoles no sabíamos de naciones ni otras fronteras. A la luz de las brasas y al calor de la conversación, fuimos brindando nuestras pequeñas historias de viajes reales y soñados, recorrimos juntos montañas y países de todo el mundo, y mientras la noche se iba cerrando las estrellas parecían estar cada vez más cerca, como si quisieran ser partícipes de la conversación.
Romy nos había explicado que sólo recordaba una noche tan clara días atrás, cuando dormía colgado de una pared de 2.000 metros de altura y las constantes nieblas parecían haberse difuminado por arte de magia. Contó que jamás vio un amanecer tan nítido y radiante en ningún punto del planeta, y que las Torres se vuelven auténtico fuego durante unos breves segundos.
Poco antes de las seis de la mañana, Miquel ya estaba de pie montando las cámaras y con la mirada poseída por el mismo diablo. No había sueño, ni hambre, ni frío ni viento que pudiera detenerlo. Sabía que podían ser unos segundos únicos, y no resistió la tentación de retener otra maravilla de la naturaleza en la película de su cámara. Caminaba con el paso firme y decidido, incluso apresurado, consciente de que algo especial iba a suceder. Costaba seguirle el paso por un camino tortuoso y oscuro, con el gélido aliento del viento en el cogote y con la respiración alterada por la pendiente y la altitud.
En una hora llegamos al mirador de las Torres. Todavía no había pasado nada. Ante nosotros se levantaban tres negros gigantes de piedra, inmóviles y majestuosos. Imponía la presencia de sus cumbres a 3.050 metros de altitud, pero impresiona sobre todo la perfecta verticalidad de los últimos 1.500 metros. Con la respiración aún entrecortada, nos agazapamos tras unos matorrales al refugio del severo viento que nos golpeaba. Allí permanecimos unos segundos, en completo silencio, cuando apareció Romy empuñando su muleta de madera. No se lo podía perder. Nos estaba explicando que Paine significa “Montaña Rosada” en la lengua aborigen, cuando de golpe, como si de una llamarada se tratase, las Torres se encendieron en un rojo oscuro que descendía desde su cumbre tiñendo de fuego aquellos tres obeliscos naturales.
Se hizo un silencio sepulcral al que el viento se encargó de poner música. Parecía que los mismos dioses vertieran un cubo de espesa pintura roja sobre la cima. La negra roca quedó paulatinamente cubierta de rojo intenso, ardió en diferentes tonalidades de naranja y estalló en múltiples amarillos, a cuál de ellos más luminoso. Éramos los invitados de honor a un espectáculo de color y fuego que se repite desde hace millones de años, pero sólo se puede contemplar algunos días al año. Podríamos verlo en mil y una ocasiones y siempre se nos pondría el estómago en un puño. El pecho se llena de aire nuevo, y estamos seguros que desde entonces anida un gramo más de felicidad en nuestra alma.
El suave gris de primera hora de la mañana se apoderó de las Torres, y en ese momento llegó el resto del grupo. El viento batía con fuerza, las primeras nubes de la mañana se iban oscureciendo y el rigor de la temperatura calaba fuerte en los huesos. Preguntaron por qué tanta prisa por ver aquellas paredes de triste gris, y sólo el viento supo romper nuestro silencio. Iniciamos un descenso tranquilo, en el que cada uno revivía la escena contemplada desde sus propios criterios de comprensión y de memoria. Miquel sólo pensaba en revelar las fotos, Romy en volver a colgarse de aquella pared y yo en cómo elegir palabras que describan la luz, el color y la conmoción ante tanta belleza.
Por la tarde llegamos al lago Nordensjold y acampamos. Al día siguiente subimos al valle Francés, junto a los Cuernos del Paine, y disfrutamos de excelentes bosques de lenguas y coihues. En varias ocasiones una sombra en el suelo nos informaba de la presencia de un cóndor en las alturas. Su vuelo majestuoso era tan impresionante como los cuatro metros de envergadura que llegan a alcanzar. Surgieron al paso varios zorros, seguramente atraídos por la fragancia de algunos de nuestros alimentos, y vimos en diferentes ocasiones familias de guanacos, a los cuales agradecíamos que escaparan ágilmente, ya que sabemos que cuando se sienten acorralados utilizan un sistema de defensa consistente en lanzar contra su enemigo una buena dosis de una sustancia viscosa que albergan en la nariz.
Al día siguiente nos acercamos al glaciar Grey, con un tiempo realmente inestable y un severo ascenso que acabó de pulverizar nuestras fuerzas. Conocimos a Víctor, de Sitges, y aunque en estos lugares del mundo siempre se hacen buenos amigos, agradecimos sobremanera poder hablar un rato en nuestra lengua.
El descanso del guerrero
De vuelta a Puerto Natales, nos habían recomendado ir a ver a Don Chicho, el artista de la parrillada. Nos dijo que sí, que encantado, pero que necesitaba cuatro horas para preparar su asado de palo, así que aprovechamos la tarde para descansar. La espera, lejos de ser una incomodidad, acabó siendo una especie de ritual, y pronto estuvimos tenedor en mano ante aquella delicia de carne. “Solo ofrecemos lo nuestro”, dijo Don Chicho antes de sentarse en nuestra mesa, y la noche se alargó entre las canciones chilenas y suizas que nos enseñaron y las canciones propias que intentamos enseñarles. Al salir ya clareaba, y aunque no fue un amanecer tan intenso en color como el de las Torres del Paine, sentimos que el nacer de aquellos dos días iba a tomar un protagonismo central en el recuerdo de este viaje.