En Tarannà nuestra palabra mágica es “Viaje”. Pero hay muchas otras palabras mágicas que por Navidad parecen intensificar aún más su significado, como por ejemplo: solidaridad, compartir, energía, sentimientos o alegría, entre muchas otras.
Los elfos navideños son seres mágicos y atesoran todas estas palabras y sentimientos. Además son viajeros por excelencia porque para desempeñar su cometido viajan por todo el mundo. Cuando atendemos a nuestros clientes y amigos, de alguna manera nos sentimos elfos del viaje y de la alegría.
Esta es la historia peculiar de un elfo que en un viaje muy importante para él, llegó hasta Tarannà.
SALVEMOS LA ALEGRÍA
Serdet Alekria, que no tenía ninguna relación con individuos porcinos sino que había sido bautizado con este nombre en memoria de sus orígenes familiares en Cerdeña, era un elfo de la alegría.
A diferencia de la mayoría de sus compañeros de promoción, él se había especializado en dar alegría a la gente durante todo el año y no se dedicaba específicamente a las fiestas de Navidad, ni tenía que pasar el año preparando juguetes y otro tipo de regalos.
Eran muy pocos los elfos que conseguían ocupaciones diferentes de las más usuales que todo el mundo sabe que desempeñan estos seres. Para lograrlo había que estudiar muchos años y muchas asignaturas, y luego comprometerse de forma personal y definitiva con la especialización, ligando de forma directa la propia existencia a la consecución de los objetivos para los que se habían preparado. A Serdet, esto ya le venía de tradición familiar, remontándose hasta su tatarabuelo la dedicación de los Alekria a las tareas relacionadas con la alegría, el buen humor y la felicidad de los humanos.
Le había costado bastante finalizar sus estudios, sobre todo la tesis final de carrera que escogió para él su profesor/director. Finalmente superó la última prueba, a pesar de lo difícil que le había resultado acabar de entender el humor de aquel tipo tan peculiar que tanto éxito había tenido hacía unos años entre muchos de los habitantes de un determinado país. Especialmente le costaba comprender la larga extensión de sus exposiciones para rematarlas de golpe con un final generalmente flojo. De hecho, la escenificación era lo que más importaba. Para orgullo de su padre recibió un notable alto por su trabajo: «Chistes y representaciones de Chiquito de la Calzada realizados en Barbate, te das cuen?»
Como elfo de la alegría de pleno derecho, había cumplido con la obligación de efectuar su juramento, que básicamente consistía en alimentarse de las risas, el buen humor, los buenos sentimientos y la alegría de la gente. Así de importante y definitivo era su compromiso, ya que si no conseguía sus objetivos, sencillamente desaparecería muerto de hambre.
Cumpleaños, ágapes para celebraciones familiares, fiestas mayores, las propias navidades y todo tipo de actos con los que las personas celebran un acontecimiento motivo de gozo, abarcaban su ámbito de actuación. Él se cuidaba de que todo fuera bien, inspirando en sueños a los protagonistas de los actos, susurrándoles al subconsciente los regalos más idóneos y las palabras más adecuadas, ahuyentando los malos rollos y las negatividades, etc. Como puede comprenderse no era tarea fácil, más aún cuando la propia supervivencia de Serdet estaba en juego. Decididamente, su trabajo no era ningún camino de rosas.
Destino Barcelona
Para su primer destino viajó a Barcelona, una gran ciudad, y más concretamente a un amplio sector conocido como el barrio de Sants/Les Corts. Él tenía muchas ganas de viajar y conocer todo el mundo y ese lugar para comenzar le pareció magnífico. Pero el joven elfo no tuvo mucha suerte con la época que le tocó para desempeñar su primer trabajo profesional, porque la sociedad humana allí residente, que en otros tiempos era positiva y fructífera, llevaba ya unos años sumida en una crisis muy acusada que cada vez iba debilitando más y más a los individuos normales y –en oposición– los beneficiados por la situación eran cada vez menos numerosos. Además, los que, por diferentes razones –casi siempre poco honradas– no sufrían los estragos de la crisis, solo disfrutaban ficticiamente de sus incontables –eso sí– celebraciones, ya que solo las organizaban con el objetivo de obtener mejoras personales. Por consiguiente, no las sentían dentro de sus corazones, normalmente más parecidas a una piedra que al noble órgano que pauta la vida de un ser humano.
Por lo tanto, Serdet no podía alimentarse yendo a este tipo de eventos, ni tampoco podía influir casi en nada a sus protagonistas, puesto que éstos no pensaban en compartir alegría con los demás sino en sacar provecho de ellos.
Por otra parte, los motivos de fiesta para la gente que tenía buenos corazones, cada vez eran más escasos. Suerte aún de las fiestas infantiles donde los niños aún podían irradiar alegría, protegidos por sus padres y disfrutando de la maravillosa inocencia que todos los seres vivos tienen cuando nacen y que desgraciadamente, en mayor o menor grado, se va perdiendo –dignas excepciones aparte– con el paso de los años.
Pero como consecuencia de la situación, las celebraciones para niños también iban disminuyendo y, a pesar del entusiasmo de los padres, la angustia que ellos mismos sufrían por no poder dar todo lo que deseaban a sus pequeños, hacía que la alegría cada vez fuera menos intensa y más efímera.
Momentos difíciles
Os podéis imaginar, pues, en qué estado comenzó a encontrarse el joven elfo: cada día más débil y más hambriento, puesto que sin poder ayudar a generar alegría, dejaba de alimentarse. Él era invisible a los ojos de los hombres, pero casi se podría decir que si pudiera ser visto, había llegado ya a tal extremo que casi no se podría vislumbrar ni de perfil. Así se estaba quedando de delgado y seco. Perdiendo cada día más la fuerza, y por tanto, perdiendo cada vez más su habilidad para ayudar a crear alegría entre la gente.
Había llegado ya a un punto que se encontraba enfermo y desvalido. Ya no se veía capaz de crear ni la más mínima sensación de buen humor para engordar unos gramos y seguir adelante. Incluso empezaba a odiar los chistes tan forzosamente aprendidos de Chiquito, y solo le venía a la cabeza que él era un «fristro» y un «cobarrrde» y ni siquiera podía recurrir a los padres porque no quería darles el disgusto de conocer su fracaso. Prefería acabar de perder la poca masa elfiana que le quedaba, en aquel mar de lágrimas en que parecía estarse convirtiendo el mundo y desaparecer en la nada. Ya no le quedaban fuerzas.
Había decidido, absolutamente desanimado, dejar de intentar ya ninguna otra actividad y morir tranquilo, en paz, en un rincón cualquiera de su área de actuación. Ya ni siquiera era consciente de las fechas en que transcurrían los que parecía que iban a ser sus últimos días. Así que acurrucado, extremadamente flaco y casi transparente, incluso para otros ojos de entes mágicos que lo pudieran ver, en una esquina de una calle de Les Corts, en una zona elegida donde había encontrado un pequeño espacio tranquilo, decidió prepararse para dejar definitivamente de existir. Precisamente a pocos días de Navidad.
Llega ayuda
La casualidad, o la lógica de lo que conllevan estas fechas, ves a saber, hizo que dos elfos navideños, de los que se podría considerar como normales, en pleno trabajo de preparación de la jornada cumbre para ellos como era la Nochebuena, lo encontraran agazapado y prácticamente desmayado en aquel lugar. Al ver su traje, que era casi lo único que se veía ya de Serdet, entendieron que era un elfo de la alegría y que lo estaba pasando muy mal en aquellos tiempos. Ellos sabían muy bien que no eran buenos momentos, solo había que fijarse en el bajón general de regalos navideños, pero los de su gremio, en su vida en comunidad, se alientan unos a otros y estaban absolutamente seguros, que tarde o temprano, volverían tiempos mejores.
Justo acababan de pasar por un lugar donde habían percibido una energía, una alegría y unas buenas vibraciones extraordinarias. Muy por encima de lo que era usual captar en aquellos tiempos y no por nada especial ni por abundancia alguna de viandas ni de regalos. No, lo que había en aquel local donde se celebraba una pequeña fiesta entre un grupo de una treintena de personas, era sencillamente mucha camaradería y bondad, estima sincera entre los que allí estaban y muchas ganas de reír y sentirse felices.
Cogieron, con mucho cuidado al pobre Serdet, que pesaba casi menos que el palito de un pirulí y lo cargaron a sus espaldas. Tenían que llevarlo a ese lugar, a ver si se rehacía.
Alegría recuperada con Tarannà
Como elfos que eran, y con no demasiadas dificultades por el poquito peso de aquel desvalido compañero de la alegría, traspasaron la puerta de la entrada y dejaron a Serdet en un rinconcito, justo delante de la sala donde aquel grupo de personas hablaban, reían y disfrutaban, como denotaba el brillo de los ojos de todos los presentes, fruto de lo que compartían entre ellos y también de la abundante ingestión de la bebida que acompañaba el acto, justo es decirlo. Estaban celebrando la cena de Navidad de su empresa y un efluvio continuo de energía positiva no dejaba de invadir la mesa y el local donde lo estaban celebrando.
Era la gente de Tarannà que hacían honor, no solo en aquella fiesta, sino durante todo el año, al nombre de su empresa, dedicada al mundo de los viajes pero siempre con grandes valores de sostenibilidad y responsabilidad social. Entre todos los integrantes de la empresa, casi se podría decir que no había lugar del mundo que no hubieran visitado a lo largo de incontables viajes, tanto por profesión como por placer, o por ambas cosas al mismo tiempo. Al captar tanta hermandad y la alegría tan intensa de los que compartían la velada, además de comprender que eran grandes viajeros y llenos de valores solidarios, rápidamente el elfo enfermo notó como si alguna pequeña fuerza empezara a brotar de su interior.
Todas aquellas personas, con independencia de sexo o edad, probablemente también tenían sus propios problemas, pero estando juntos en la mesa conseguían que aquel momento fuera realmente mágico y todo lo que pudiera resultar mínimamente negativo quedaba fuera. Sus expresiones dejaban bien patente la felicidad que les representaba pertenecer a aquel colectivo y disfrutar de una fiesta tan especial.
Ese día, Serdet Alekria engordó tres kilos y veintiocho gramos, lo que transferido a masa elfiana, significa mucho y suficiente. Recuperó sus fuerzas y entendió que su tarea para nada había terminado, sino que apenas había hecho que empezar. Era preciso dar ánimos y apoyo a gente como aquella, porque seguro que había más, mucha más. Había que seguir esa estela porque además sabía que aquellos seres los podría encontrar por todo el mundo cuando viajara a otros lugares para continuar su tarea de crear felicidad. Tenía mucha alegría por crear, ahora no tenía ninguna duda.
¡Que nunca falte la fiesta mientras podamos compartirla con quienes apreciamos! ¡Salvemos siempre la alegría! ¡Siempre adelante Tarannà y sus viajeros! ¡Felices Fiestas!
